Es la creación un regalo, un torrente voluptuoso que rompe contra las rocas, que arrastra a la tierra, que escupe los guijarros, y que llega para reverdecer y alimentar un valle de sensaciones floridas, donde habitan los corazones que se encuentran una y otra vez, a través de los tiempos.
En la ruina de una amistad es posible encontrar rescoldos aún vivos. Yo soplo con delicadeza y busco apilar algo de leña seca. Aún permaneceré allí un tiempo hasta que la luz del nuevo día me permita levantar las columnas.
Dios los expulsó de su mente, pero ellos se revolvieron como antorchas, entonando sórdidos cánticos. Robustos y milenarios ángeles se desintegraron bajo el fuego, sus almas son humo negro que se arremolina en la bóveda de los tiempos. Entonces acudí a la llamada, sacudiendo el sable del conocimiento, soltando el látigo del saber, fustigando a las almas en pena que ya postradas solo podían suplicar clemencia.
Miradas mecidas por el viento, sonrisas que se difuminan, que migran como las aves para huir del invierno, de los quebrantos, de las soledades, del desaliento. Es en su pecho, donde está mi nido, donde me acurruco como la primera vez.
El espíritu es ese que me es desconocido, que me acompaña a todas partes, que no me juzga, que no se queja, que no maldice, que no alaba, que no ama. Es tan solo un testigo mudo de mis andanzas por este planeta insignificante pero a la vez tan complicado.
El misterio lo sustenta todo, y sin embargo el realismo se manifiesta con toda su crudeza. Tiempo hace que amputamos la magia a la civilización, dejando a la razón campar a sus anchas como un mero instrumento al servicio de la ignorancia colectiva.
Les pregunté a las ninfas por su valía y ellas respondieron recelosas, buena señal, ya que es difícil verlas tan afectadas. Enseguida supe que era un veneciano, un tipo de cuidado, un mercader del amor, que salta de alcoba en alcoba robando los corazones de doncellas embelesadas.
Cuando el fragor del beso se desata, una fuerza incontenible posee a los amantes, fundiendo el ardor de sus cuerpos en una hoguera de espirales llameantes. Es el éxtasis que se impone a la razón y a todo dominio.
Malditos intelectuales, probad el sabor de los néctares prohibidos, agachaos y bebed sin medida, no os limpiéis después, conservar el olor, la huella de un torbellino de sensaciones furtivas.
Camino descalzo ajeno al ruido y a las normas. Mi nombre es pasto de los buitres, mis recuerdos se desvanecen como un canto lejano. Ya no soy nada, sólo un baño de luz sobre el rostro, un beso olvidado, unas caricias robadas, ya no soy nada.
Despierto en una cama ajena y todo vuelve a empezar, la misma histeria del filósofo envuelto en delirios maníacos. Soy uno más en el lunático corredor, que recorro en ambas direcciones, una y otra vez. Quien sabe si alguna vez podré escapar a esa espiral infinita.
Cánticos simiescos recorren la bóveda del hombre, repican sobre el campanario ahogando el cantar de los ruiseñores. Rompen el silencio del jardín, y son un reclamo para las fieras, que se afanan por devorar a los más débiles.
Es la inercia de acordes enigmáticos la que nos arrastra por la senda del camino, y yo quiero detenerme, escuchar y sentir el aroma de la historia, la misma que protagonizo al escribir, al susurrar pensamientos que desembocan en el mundo, que se evaporan y recorren los siglos hasta humedecer la retina de algún lector avezado.
Hay mensajes prohibidos al destino, estaciones en las que es imposible detenerse. Esquemas de una red opulenta, urdida sobre vías muertas. Es la luz ajena al libre albedrío la que ilumina el trayecto, su lógica tiene un nombre: Facebook.
Esparcidas por el llano están las lágrimas derramadas por mujeres y hombres malditos. Épocas infames que nos recuerdan la catarsis colectiva que asciende como un eco entre sinuosas cordilleras hasta llegar a mi. Entonces hago una humilde reverencia.
En tardes doradas abrigué un pensamiento sutil, huérfano de toda emoción, inmune a los sentidos, pura geometría que como una noria gira y se retuerce para iluminar en la lejanía extraños ídolos.
Encuentros sonámbulos de viejos navegantes, revoluciones inacabadas que silban entre las olas, sirenas inquietas, destellos de espuma escarlata...
Endiabladas las palabras que encienden una noche de despecho. Más esa misericordia erudita resbala y se introduce en los cajones. Curiosea, separa las prendas, y las ordena, como si fuera a viajar hacia ninguna parte.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada